Las Cuatro Contemplaciones - Muerte e Impermanencia

Índice de Artículos
Las Cuatro Contemplaciones
La Valiosa Vida Humana
Muerte e Impermanencia
Karma, Causa y Efecto
Sufrimiento del Samsara
Todas las páginas

Muerte e Impermanencia

Una vez que se ha adquirido una profunda y clara comprensión respecto a la contemplación de la Valiosa Vida Humana, se puede comenzar a reflexionar sobre la contemplación de la muerte y la impermanencia, dos conceptos claramente vinculados entre sí.
La muerte es un acontecimiento natural, presente en la vida de todos los seres humanos. No existe ningún hogar donde no se haya producido alguna muerte. Sin embargo, de acuerdo a los diferentes tipos de creencia, cada cultura afronta este hecho de forma distinta, unas con regocijo y otras con pesar. En algunos lugares el cuerpo fallecido se trata como algo impuro que se evita tocar, que se maquilla y que se apresura a ocultar bajo tierra. Hay otros lugares donde lo colocan en una torre silenciosa, donde se lo comen los buitres, y otros que lo incineran sobre una pira funeraria con ritos de cremación considerados auspiciosos. Pero en todos los casos, este es el final del valioso cuerpo que con  tanto esmero se ha tratado de conservar a lo largo de la vida.
Por otra parte, nadie sabe con certeza cuando lo dejará, ni si quiera si mañana volverá a despertar en este mundo con él. Nadie quiere morir ni espera con anhelo la siguiente encarnación. Por el contrario, todos los seres sintientes tratan de conservar su vida. Pero cuando la muerte llega, ni los seres queridos, ni el dinero ni las pertenencias acumuladas, ni la fama o la posición obtenidas acompañarán al fallecido. Lo único que se llevará consigo de forma inevitable son las impresiones kármicas dejadas por las palabras, los pensamientos y las acciones realizadas a lo largo de la vida.
Puesto que el momento más importante de la vida es la misma muerte, todos los seres humanos deberían prepararse de forma conveniente para afrontarla sin miedo. Sin embargo, la atención del presente suele concentrarse sólo en el mañana inmediato, es decir, en el futuro a corto plazo, para el que se trata de garantizar seguridad y estabilidad. Esto es sin duda algo a tener en cuenta a lo largo de los años, pero sin olvidar que la muerte puede llegar en cualquier momento y que por tanto se debe hacer un constante esfuerzo en acumular méritos a través de palabras, pensamientos y acciones positivas,  que propicien una próxima encarnación más favorable.
En el momento de la muerte, el karma personal se manifiesta en base a la justicia natural que suponen los conceptos universales de bondad y maldad. Al morir, el ego experimenta los estados mentales vivenciados durante la vida y, por ello, en el transcurso de ésta es necesario adquirir el conocimiento supremo hacia el que conducen el Dharma y la percepción de vacuidad que de él se infiere. Sólo así desaparecerá el temor que surge ante el proceso de la muerte.
Como se ha mencionado, la muerte es inevitable, lo que confiere fragilidad a la propia vida. Con ello, la impermanencia se convierte en el fenómeno que mejor distingue al proceso de la existencia.
Así, para obtener una mejor apreciación de lo que es la impermanencia, se puede observar que en la vida nada perdura como algo substancial e indisoluble. De hecho, el universo conocido, manifestación de la condición kármica de los innumerables seres sintientes del pasado, el presente y el futuro, con todas sus galaxias y millones de sistemas solares, como el nuestro propio, también se halla sometido a las reglas y condiciones impuestas por la impermanencia. Tanto el ser humano, como el resto de los seres, que también poseen un cuerpo y cinco sentidos, incluidos los animales, los dioses, los asuras o los espíritus, se encuentran inevitablemente limitados por la muerte y por tanto no pueden escapar al fenómeno de la impermanencia. Esto también se aplica a los microorganismos o a las especies vegetales, algunas de las cuales han ido extinguiéndose en el transcurso de miles de siglos y siguen desapareciendo día a día.
Del mismo modo, la materia, las partículas estelares que constituyen el sol, la luna, los planetas -incluyendo la propia Tierra-, las estrellas y los diversos cuerpos galácticos, o los diferentes estados de conciencia, todo ello se ve irrevocablemente sujeto a la impermanencia debido a su transitoriedad y a su naturaleza temporal y efímera. De hecho, en este preciso instante la manifestación entera ya está cambiando, afectada por el constante devenir del tiempo.
Por otra parte, la propia percepción particular sobre la realidad circundante de cada ser también irá cambiando en cada nuevo nacimiento, dependiendo de las circunstancias kármicas, ya sean éstas de tipo positivo o negativo. En relación a esto, incluso los pensamientos son de naturaleza inconstante y por tanto impermanente, ya que al igual que el viento, cambian ante los soplos de la vida.